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KAYAKISMO EN EL RÍO CAPANAPARO CON UN KLEPPER FALTBOOT®, ANECDOTAS SOBRE LA FAUNA SILVESTRE, Y UNA BREVE RESEÑA SOBRE EL NATURALISTA Y FOTÓGRAFO KARL WEIDMANN †


 El Río Capanaparo ubicado en los llanos sur-occidentales del Estado Apure en Venezuela, es el límite norte del Parque Nacional Santos Luzardo o comúnmente conocido como Capanaparo-Cinaruco

 

El Río Capanaparo ubicado en los llanos sur-occidentales del Estado Apure en Venezuela, es el límite norte del Parque Nacional Santos Luzardo o comúnmente conocido como Capanaparo-Cinaruco de 584.000 has. El río nace en el Departamento del Arauca colombiano con una extensión de 650 km, desembocando en el extremo este del Parque, en el Río Orinoco. Lo cruza, por medio del Puente de la Macanilla, la Carretera Nacional San Juan de Payara-Puerto Páez. El río es conocido en verano o época de sequía, por sus playas de La Macanilla, también por la pesca del pavón (Cichla temensis y orinocensis) y como uno de los últimos reductos del cocodrilo o caimán del Orinoco (Crocodylus intermedius) (Thorbjarnarson & Hernández 1992, Llobet & Seijas 2003).

Historia

El segundo autor fue en abril de 1993 con su kayak “Klepper Faltboot®” al Río Capanaparo, navegando en solo ida y vuelta por tres días, saliendo de La Villeguera hasta la desembocadura al Río Orinoco. Después también en marzo de 1995 navegó solo desde la chalana del Cinaruco río arriba, pero por pocos días nada más, ya que fue emponzoñado por una raya de río Potamotrygonidae sp. y mordido además por un caribe Serrasalmus sp.. En marzo de 2011 decidimos los dos autores, ir por seis días con el Klepper de dos puestos con vela al Río Capanaparo, saliendo desde La Macanilla para llegar hasta la desembocadura del Caño La Pica, ida y vuelta. Este kayak desarmable, de una armazón de madera, forrado de una lona impermeable y una quilla de goma vulcanizada, ya tiene con el segundo autor 25 años y fue usado también por él en otras travesías de la geografía venezolana.

Esta marca de kayaks “Klepper Faltboote®”, de fabricación alemana y de mucha tradición mundial, existe desde 1907 construyendo este tipo de embarcaciones deportivas, desarmables y portátiles, a los cuales se les pueden adaptar además velas. Tienen un gran historial, en 1926 Roald Amundsen los usó en su expedición al Polo Norte. En 1929 el capitán alemán Franz Romer cruzó en 58 días con este tipo de embarcación, como primer hombre, el Océano Atlántico, partiendo de Lisboa pasando por las Islas Canarias llegando a la Isla Saint Thomas en el Caribe. En 1955 Hans Ertl usó un Klepper en la Expedición Los Andes-Amazonas. En 1956 cruzó también el Océano Atlántico en 72 días, en este tipo de kayak, el Dr. Hannes Lindemann partiendo desde las Isla Las Palmas hasta la Isla Saint Thomas. Navegaron 5.000 km en el Río Amazonas en un Klepper Brümmer y Glöckner, y en 2003 Francisca y Rainer Ulm le dieron la vuelta a Europa recorriendo 12.000 km (http//www.paddlers.com-2.0-Klepper Faltboote). Karl Weidmann† conocido naturalista y fotógrafo suizo radicado en Venezuela desde 1947, publicó en su libro “Relatos de un Trotaselva” Weidmann (2002), sobre los viajes que realizara por la geografía venezolana con su Klepper. En 1948 comenzó navegando recorriendo el Lago de Valencia, en 1949 bajó desde El Baúl por los Ríos Cojedes, Portuguesa, Apure, llegando a Caicara del Orinoco y embarcándose después con su preciado Klepper en una gabarra hasta Ciudad Bolívar, los agotadores chubascos y olas del Orinoco no lo dejaban avanzar mucho. El mismo año subió por los Ríos Caroní y La Paragua. En 1950 recorrió la Laguna de Tacarigua en Barlovento, estado Miranda. En 1951 bajó desde el Río Icabarú en La Gran Sabana por el Alto Caroní hasta el Caserío Urimán. En este mismo año recorrió también 850 km, desde El Amparo por el Río Arauca, llegando a Cabruta al Río Orinoco. En 1959 subió por los ríos Sipapo y Guayapo en donde logró tomar la icónica foto de un tigre (Panthera onca) asoleándose en un árbol caído a orillas del río, fotografía esta que sería la primera de un jaguar en vida silvestre tomada en Venezuela (González et al. 2013). Desde 1955 hasta 1965 navegó nueve veces desde el Lago de Canaima, subiendo por los Ríos Carrao y Churún hasta el Salto Ángel en el Auyantepui. En varios de estos viajes estuvo acompañado por su señora esposa Gisela, que se transformaría en la primera mujer en Venezuela que en su propio kayak mono plaza, haya llegado a fuerza de músculo y remo al Salto Ángel. Weidmann† en la que sería su última travesía a sus 82 años, también navegó acompañado por el segundo autor, cada uno en su respectivo kayak Klepper, en abril de 2006 por algunos días Río Capanaparo abajo, saliendo desde La Macanilla.

Estos kayaks con su amplio historial tienen como eslogan: “navega a vela cuando puedas y rema cuando debas” (http//www.paddlers.com-2.0-Klepper Faltboote). De manera que, estaba demostrado que nuestro kayak, era muy adecuado para un río como el Capanaparo, de fuerte corriente, con bancos de arena sumergidos a baja profundidad, con caramas de troncos en su cauce y la presencia de fuertes vientos alisios sobre todo en los meses de la época de sequía.

La Travesía

Cargamos alrededor de 30 kg de bastimento dentro de la proa, la popa y sobre esta última las mochilas con la ropa, las hamacas y los mosquiteros. El río estaba bajo y había que poner cuidado con los bajíos de bancos de arena sumergidos. Las ráfagas de viento en contra y el oleaje dificultaban la navegación a remo, en el primer día llegamos a Puerto Escondido. La familia Belisario propietaria de este pequeño Fundo a orillas del río nos recibieron con cierta sorpresa, al ver a esos musiúes arribar en una “canoa con vela”. La conversa en un pequeño caney con un brandy español era una breve introducción del trabajo que nos iba a tocar en los próximos campamentos, no tan cómodos como este. Si nos aconsejó en cambio el amigo Belisario, que tuviéramos cuidado con las rayas de río y con algún y otro caimán del Orinoco, que a pesar de que no se hallan muchos por estos lares, río abajo de La Macanilla y hacia el Caño La Pica, el si había observado recientemente a un caimán lechón en un banco de arena. Regresamos a nuestro campamento en la orilla del río y nos preparamos nuestra cena, pasta con salsa napolitana, queso pecorino y de postre duraznos secos.

En la mañana siguiente zarpamos rumbo al este, río abajo, a pesar de que navegábamos con la corriente, el viento en contra que soplaba fuertemente en algunos trechos y el oleaje nos empujaban hacia atrás, teníamos que remar fuerte y coordinadamente sin descansar, a “Rómulo y Remo”, como solía decir el segundo autor capitán del Klepper, ya que el primer autor era catalogado como simple marinero raso, pero el científico de la expedición. Por supuesto que la velocidad de navegación no era la esperada a pesar del gran esfuerzo que teníamos que hacer. En las barrancas del río observamos algunas angostas trochas que dejaban los animales silvestres y las típicas más amplias del ganado para llegar a los abrevaderos. Dos perros de agua o nutrias gigantes (Pteronura brasiliensis) también se dejaron ver, más abajo pudimos apreciar después su guarida o cueva, en una barranca debajo de las raíces de un árbol. Después de seis horas a puro remo decidimos buscar un adecuado sitio para acampar, hallamos una buena ceja de monte, con buena brisa, con poca plaga y árboles para guindar las hamacas, este sitio del río era conocido como Borregos. Había inclusive una pequeña ensenada que daba cierta protección al kayak, lo amarramos y nos dimos un chapuzón. Acalorados y sudorosos como estábamos después de remar por horas a pleno sol, no le hicimos mucho caso a las advertencias del amigo Belisario sobre los caimanes. Con los poquísimos que deben de haber en este trecho río abajo, sería muy mala suerte que se hubiese encontrado alguno justamente en donde decidimos bañarnos. Era una odisea sacar el bastimento de la proa del kayak, por lo angosto, bajo y alargado que era este espacio. Luego lo primero que había que hacer era una fogata, recoger ocho litros de agua de río, hervirla y potabilizarla para las reservas del próximo día. Para la cena teníamos piña, cambures, casabe con queso llanero, atún con cebolla, tomate y mayonesa. Temprano en la noche decidió el primer autor recorrer la orilla de un gran banco de arena y buscar con una potente linterna los candiles de los ojos de babas (Caiman crocodilus), o inclusive de algún caimán del Orinoco. En la arena se encontraron excrementos secos de babo, en la orilla enmontada de en frente con muchos ramas que caían sobre el río, se pudieron observar los candiles anaranjados de nueve babas pero de ningún caimán. Según censos efectuados en este río por colegas investigadores del Grupo de Especialistas en Cocodrilos de Venezuela GECV, de la UNELLEZ y de Fudeci, la población remanente hoy día de caimanes es de aproximadamente 94 adultos y juveniles, encontrándose aguas arriba de 40 a 80 km de La Macanilla. Esta población se encuentra en orden creciente, desde Piedra Azul, Agua Linda, pasos de chalana San Luís, San José, Santa Josefina, El Naure, Las Campanas y Riecito. Pero en esta zona, río abajo, en donde nos encontrábamos acampando, entre La Macanilla y Caño La Pica, su presencia es muy mermada. Uno y otro caimán se encontrarían aquí, en cambio la población de babas si es mayor (Llobet y Seijas 2003, Moreno 2012).

De hecho al regresar al campamento, terminada la observación nocturna, había en la ensenada, refugiadas debajo del borde de la quilla del kayak, 12 crías de babas, no tenían más de 30 cm de tamaño, a la madre se le escuchaba un poco más alejada pujando su característico llamado, angustiada por el acecho hacia su prole. 

Después de un buen baño, eso sí, con una olla a orillas del río tipo “baño con totuma”, el primer autor refrescado se pudo acostar en su hamaca, escuchando de vez en cuando el característico llamado a sus crías de la madre baba, también el bufear o resoplido de alguna tonina (Inia geoffrensis) y el canto de los aguaitacaminos (Nyctidromus albicollis) en la sabana aledaña.

Al amanecer del tercer día nos preparamos un buen desayuno, café, pan tostado con queso blanco, huevo revuelto, mermelada y duraznos deshidratados. Después de empacar todas las cosas en el kayak y sobre todo la laboriosa odisea de almacenar el bastimento de comida y agua en la angosta proa, zarpamos hacia la desembocadura del Caño La Pica. Este trecho del río fue bastante largo y fuerte, había que navegar al ojeo por los muchos meandros con mucha corriente, había que trozar mucho por las abundantes carameras de palos y árboles en el agua, teníamos que poner mucho cuidado con nuestra quilla de goma vulcanizada bastante resistente, pero delicada para cualquier punta de palo que pudiera rajarla. También había muchos bajos o bajíos de bancos de arena en los cuales encallábamos de vez en cuando, salir del angosto y tambaleante kayak, halando uno y empujando el otro para sacarlo a aguas abiertas, poniendo siempre cuidado de no pisar una raya de río enterrada en el fondo arenoso, era desgastante. Reconfortante fue ver de nuevo en las barrancas tres guaridas más de perros de agua y algunos de ellos observándonos cerca de allí. Pareciera que las poblaciones aquí se están recuperando, después que en las décadas de los 50, 60 y 70 del siglo pasado casi fuesen extinguidos, por la persecución y cacería para la obtención de su piel (Ojasti y Lacabana 2008). Ya estaba oscureciendo cuando llegamos bastante cansados a la desembocadura del Caño La Pica. Entramos pero no encontramos ningún sitio bueno para acampar, era un cañaote de orillas enmontadas y pantanosas, sin brisa, con mucha plaga, tuvimos que salir y entrar de nuevo al Capanaparo. Media hora más y conseguimos en una vuelta del río un sitio comprometedor y seguro, también para la pernocta del kayak. Comenzamos la laboriosa tarea de sacar de nuevo las provisiones de la proa, buscar leña, prender fuego, buscar ocho litros de agua abajo en el río, hervirla para el próximo día. Nos permitimos una buena cena, pasta con salsa napolitana y queso pecorino, como postre duraznos deshidratados y cambures. Había a la redonda de este quemado paño de sabana algunos chaparros, rastrojos y un solo pequeño samán adecuado para guindar las hamacas. La olla y los platos con restos de la pasta, las dejamos allí para lavarlos al próximo día, ya que el cansancio nos había dominado. En la noche algún zorro (Cerdocyon thous) nos hizo el favor de limpiarlos con su lamido, ya que a la mañana siguiente estaban la olla y los dos platos limpiecitos, sin rastros de salsa ni pasta.

Al regreso al cuarto día, la meta era llegar otra vez al Campamento Borregos. Pensábamos que íbamos tener de ahora en adelante más viento de popa del este y noreste sin tener que remar tanto. Comenzamos a remar río arriba, cada meandro del río era una proeza, fuerte corriente en contra y los vientos alisios venían a llenar nuestra vela nada más por cortas ráfagas, que en algo nos ayudaban. En vez de dirigirse al oeste algunos trechos del río, las vueltas y meandros iban inclusive al norte y al noreste, soplando entonces los vientos también en contra. Aproximadamente a 10 km de nuestra meta, nos comenzaron a acompañar cinco toninas, tres hembras adultas y dos juveniles. Tres horas nos tardamos en cubrir esta distancia, la fuerte corriente en contra, de nuevo el problema con los bajíos, en cada meandro las toninas se no ponían al lado del kayak como preguntándose ¿porqué no avanzábamos a la velocidad de ellas?, inclusive una vieja y rosada tonina mordisqueaba curiosamente nuestro timón, probablemente quería empujarnos, ¿quizás? Al fin, a las cinco de la tarde llegamos a la ensenada de nuestro otrora Campamento Borregos, dos de las toninas se metieron con nosotros en la pequeña ensenada, curioseando que íbamos hacer allí. Todavía las vimos algún tiempo merodeando esperando que las acompañásemos, hasta que siguieron su camino río arriba. El segundo autor tuvo una experiencia similar en este río con dos toninas, que lo acompañaron por dos días consecutivos, en su viaje en solitario en abril de 1993 a la desembocadura al Orinoco. Pero en todos los años que tiene el primer autor observando toninas, nunca tuvo una experiencia similar. Probablemente que el constante y rítmico chapoteo de los remos, el avance tranquilo del lento kayak sin una conducta agresiva hacia ellas, la novedad de este tipo de embarcación en el río, sin el molesto ruido de un motor fuera de borda, les daba curiosidad y le era confortable y agradable el acompañarnos en la misma dirección que ellas iban. En la noche observamos otra vez abajo en la ensenada, a la madre baba con sus 12 pimpollos, no se había perdido ninguno de ellos en estos días. A la media noche cayó desde un árbol, medio nido de comején encima de uno de los mosquiteros, el culpable, un pequeño oso melero (Tamandua tetradactyla) haciendo de las suyas.

Al quinto día en la mañana, ya bastante más mermadas nuestras provisiones, nos desayunamos con café, cazabe, queso pecorino y duraznos deshidratados. Abajo en el río pasaban observándonos silenciosos cuatro perros de agua, calladitos estaban, no emitían su característico ladrido. La travesía de Borregos a Puerto Escondido la hicimos en tres horas, allí nos esperaban nuestros amigos los Belisario. Temprano en la tarde aprovechamos para hacernos un almuerzo-cena, pasta con pecorino y los duraznos secos. En la noche nos encontramos con ellos en el pequeño caney del Fundo, contando las anécdotas del viaje, tomamos unas copitas de nuestras últimas reservas del brandy español que habíamos guardado para esta ocasión. Hasta la abuela se echó un palo de brandy con nosotros, escuchando con mucho interés los cuentos y ella aportando con los suyos.

Último día al amanecer, acompañamos a los Belisario en el ordeño de sus 16 vacas. Después nos ayudaron a cargar la “canoa con vela”. A La Macanilla nos tardamos cuatro horas, a veces contábamos con buen viento de popa, aquí gran parte del tramo del río iba hacia el noroeste y oeste, pero en la mayoría del tiempo tuvimos que remar contracorriente.

El navegar en un kayak en este río llanero, sin el molesto ruido de un motor fuera de borda, hizo que valiera la pena el esfuerzo. El ruido del viento, del chapoteo de los remos, de las olas, de la corriente, alguna y otra canción en alemán entonada por el capitán del Klepper cuando podíamos navegar a vela, el graznido de los patos güiriris, garzas, gavilanes, y el canto de turpiales, arrendajos, paraulatas llaneras, el pillar de las gaviotas, el bramar de alguna res lejos en la sabana, el acompañamiento y resoplido de las toninas y el avistamiento de los perros de agua mucho menos ariscos pero curiosos por los viajeros silenciosos, hicieron de esta travesía una inolvidable vivencia.

Bibliográfica consultada

Arteaga A. 2008. Caimán del Orinoco Crocodylus intermedius: pp 175. En: J.P. Rodríguez y F. Rojas Suárez (eds.) Libro Rojo de la Fauna venezolana. Tercera Edición. Provita y Shell de Venezuela S.A., Caracas, Venezuela.

Calzadilla Valdés F. 1988. Por los Llanos de Apure. Productora Hernández S.A., Caracas: pp 284

Calzadilla Valdés F. 2007. Por los Llanos de Apure. Michelangeli Ayala A., A. Hernández Urdaneta y A. Hernández de Espinosa (editores). pp 342

González E., E.O. Boede y G. Weidmann 2014. El Jaguar de Karl Weidmann. Rio Verde (14), Caracas, Venezuela: 117-120

http//www.paddlers.com-2.0-Klepper Faltboote

Llobet A. y A.E. Seijas 2003. Estado poblacional y lineamientos de manejo del caimán del Orinoco Crocodylus intermedius, en el Río Capanaparo, Venezuela: 117-129. En: R. Polanco Ochoa (Ed.) Manejo de Fauna Silvestre en Amazonia y Latinoamérica. Selección de trabajos V Congreso Internacional. CITES, Fundación Natura. Bogotá, Colombia.

Moreno A.D. 2012. Estado poblacional, uso de hábitat, anidación y distribución espacial del caimán del Orinoco Crocodylus intermedius, en el Río Capanaparo, estado Apure, Venezuela. Trabajo Especial de Grado. Universidad Central de Venezuela, Facultad de Ciencias Escuela de Biología, Caracas, Venezuela.

Ojasti J. y P. Lacabana 2008. Perro de agua Pteronura brasiliensis: pp 102. En: J.P. Rodríguez y F. Rojas Suárez (eds.) Libro Rojo de la Fauna venezolana. Tercera Edición. Provita y Shell de Venezuela S.A., Caracas, Venezuela.

Thorbjarnarson J.B. and G. Hernández 1992. Recent investigation of the status and distribution of the Orinoco crocodile Crocodylus intermedius, in Venezuela. Biological Conservation 62: 179-188

Weidmann K. 2002. Relatos de un Trotaselva. Oscar Todtmann Editores, Caracas, Venezuela: pp 208

 

Los Autores: Ernesto O. Boede¹ y Hans Schwarzer ¹Fundación para El Desarrollo de las Ciencias Físicas, Matemáticas y Naturales FUDECI Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

 

 

 

 

 

 

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